Manso amanecer en el mar. Las casas, todavía a salvo de la luz cegadora del mediodía, estaban iluminadas por esa tenue luz rosada que las hacía parecer más bellas de lo que en realidad eran, restos aristocráticos pudriéndose en la orilla. De entre las lentas olas lácteas empezaba a emerger una barquilla, que alcanzó fácilmente la playa. Un jovencísimo pescador, despeinado, tostado y descalzo saltó antes de llegar y tiró de ella como si no pesara más que una hoja de papel. Con más dificultad extrajo dos enormes cestas oscuras que pesaban más que él y las arrastró hacia un cobertizo de algas y cañas. El viejo llegó enseguida. Era todo lo que se puede esperar de un veterano pescador: algo cojo, de camisa que fue blanca alguna vez, desgreñado, sin afeitar y tocado con una gorra azul. Se acercó a una de las cestas, donde estaba el pescado.

-Magra captura-, dijo. Era un hombre de pocas palabras.

-Pero son pescados grandes, se venderán bien. Yo me quedo aquí hasta hacer la venta-. El viejo lo miró extrañado. Aquel verano, el muchacho lo hacía todo, no solamente la pesca, sino que también vendía la captura y no lo hacía mal. Pero refunfuñó como era su costumbre, sin motivo y por no variar.

El chico fue colocando el pescado sobre una rejilla de caña, exponiendo las piezas con delicadeza, como si fueran encajes, colocando cada uno de ellos en perfecta simetría hasta que consiguió que el resultado fuera atractivo. Cambiaba una, colocaba otra y cortaba una caña para que sujetara mejor la muestra. Era una bella exposición, y aunque nunca terminaba de quedarse contento con el resultado, cada día lo hacía mejor. Se sentó a esperar sobre el montón de redes.

Primero llegó el redondo y enrojecido bañista de todos los días. Resopló, se quitó un albornoz que dejó tirado en la playa y se metió deprisa en el mar salpicando y chapoteando, hasta dar unas brazadas rápidas en el agua heladora de la mañana. Poco a poco la playa se iba poblando, como si fuera un pequeño campamento, aquí y allá la gente llegaba y se acomodaba en la arena. Y el pescado iba vendiéndose, pieza a pieza. Muy pronto llegaron ellas, cabellos castaños ondulados salpicados de rayos de sol. Eran la atracción de toda la playa, vestidas de blanco, amarillo y rosa las tres, con enormes sombreros de paja, y como único adorno una enorme lazada. Las miró, como todas las mañanas.

Después de extender su campamento, alguien acompañó a las niñas hasta el improvisado puesto de pescado fresco. La más alta se acercó, disfrutaba al ver cómo estaban colocados los pescados, con que primor, regularidad y ritmo se exponían para la venta. Parecían el papel pintado de pájaros de su cuarto, solo que en vez de encontrar plumas y alas entre las cañas y los árboles, los peces muertos tomaban su lugar junto a las ramas, los capullos y las flores, componiendo un cuadro de extraña belleza.

-Este me gusta-. Sus dedos habían pasado por todos los pescados, saltando de un pescado a otro, como por el teclado de un piano. Miró al muchacho y bajó los ojos.

-Llévatelo. Toma-. Él puso el pescado en la cesta de mimbre de ella, que se fue hacia su casa. Se quedó mirándola mientras le pagaban. Corría aire cálido, se levantaba la arena. Para el, ya había terminado la jornada.

El viejo, sentado junto a la barquilla lo miró, y por fin comprendió. Se apenó por él.

-Todos los años llegan… y se van. Son como tus pescados, tú estás siempre aquí, pero ellos son ave de paso-. El chico le miró. Al cabo de un rato contestó.

-Sí, pero de esta forma yo también formo parte de su vida. A ella le gusta ver cómo coloco los pescados, por eso viene cada mañana. Allí, todo lo que tocan es tan bonito… desde la cesta que trae hasta sus pies y sus manos. Y su pelo, y los vestidos, que parecen de aire. Me acercan a un mundo hermoso, por eso  preparo mis pescados con cuidado, para que parezcan porcelanas, como las que hay en su casa, estoy seguro. No se puede vivir sin la belleza. Yo no podría-. Hablaba con la mirada perdida, como si aún la pudiera ver.

El viejo suspiró, no había comprendido nada. Pero no importaba, casi nadie lo comprende en realidad.